Un día en el Camino de Santiago con perro.
El día empieza con el sonido del despertador… ese enemigo común de todos los seres humanos, salvo de nuestro perro, que ni se inmuta. Ahí está, durmiendo profundamente, ajeno al drama que supone para nosotros levantarse a las 7 de la mañana. Pero el Camino es el Camino, y madrugar forma parte del pack, igual que los bastones, las ampollas y las conversaciones filosóficas con desconocidos.
Nos vestimos con la ropa que dejamos preparada la noche anterior —porque sabemos que si tenemos que pensar por la mañana, no salimos antes de las 10— y le damos de comer al peludo, que probablemente nos mira como diciendo: “¿Ya? ¿Otra vez andar? ¿No os cansáis nunca?”. Pero come, porque es perro, y la comida es sagrada.
Después llega su primera salida del día: un paseo cortito para estirar patas y atender asuntos corporativos. Él lo hace todo con dignidad. Nosotros, medio zombis, no tanto.
De vuelta al alojamiento, toca la liturgia pre-etapa: aseo rápido, repaso a las mochilas (esa sensación inevitable de “sé que me olvido algo”), recoger el bebedero del perro, meter los cargadores, las botellas de agua… y ese pequeño caos ordenado que forma parte de la aventura.
A las 8 dejamos la mochila grande para que la recoja la empresa de transporte —bendita modernidad— y nos vamos a desayunar, que también es sagrado. El plan es empezar a caminar sobre las 8:30, cuando ya es de día. Que sí, que hay peregrinos que salen de noche y parecen ninjas, pero nosotros preferimos ver por dónde vamos… y que el perro también vea.
Comienza la etapa: donde manda el perro.
Con todo en orden, empezamos a andar. Nuestro plan ideal es hacer una parada a mitad de camino, pero todos sabemos que en el Camino los planes tienen la estabilidad emocional de una croqueta recién frita: depende del clima, del cansancio, de la dificultad de la etapa y, sobre todo, del perro, que es quien realmente marca el ritmo.
Lo vigilamos constantemente:
• Si se cansa, paramos.
• Si va feliz, seguimos.
• Si se sienta y nos mira tipo “yo de aquí no me muevo”, negociamos.
• Y si de repente aparece un río… bueno, ahí se acabó la etapa temporalmente. ¿Quién puede resistirse a una remojada de pies mientras él se da un bañito triunfal?
Además, gracias a la lista de bares ubicados exactamente en el Camino, podemos improvisar paradas como auténticos profesionales. Porque no hay sensación más peregrina que sentarte en una terraza con tu perro bajo la mesa, tú con un café y él mirando fijamente un trozo de tortilla ajeno.
Comer en el Camino de Santiago con perro.
Dependiendo del número de kilómetros, llegamos al destino justo a la hora de comer… o nos pilla la hora en pleno sendero. Pero todo controlado: tenemos localizados los restaurantes y bares donde podemos entrar con el perro sin provocar miradas de “¿y este quiere dejarme pelo en la sopa?”.
Comer con él es fácil: normalmente se tumba a tus pies y se convierte en la alfombra más adorable del local.
Llegada al alojamiento con tu perro: el Spa canino.
Cuando por fin llegamos al final de la etapa, el ritual es sagrado. Vamos al alojamiento, recogemos nuestras mochilas (que han viajado más cómodas que nosotros) y recibimos la bienvenida de los hospitaleros, siempre amables y expertos en detectar el cansancio ajeno.
Entonces empieza el momento “spa para el perrete”:
• Limpieza general.
• Secado meticuloso (sobre todo patas, porque esas retienen humedad como si fueran toallas vivientes).
• Bálsamo protector si hace falta.
• Cepillado.
• Y a veces incluso un mini masaje que le deja más relajado que a nosotros después de una ducha caliente.
Luego lo dejamos descansar, porque lo ha dado todo. No hay nada más gracioso que verlo caer rendido en la cama perruna como si hubiera cargado con todas las mochilas del grupo.
El descanso del humano: ducha, relax y paseo.
Después viene nuestra parte: ducha eterna, ropa limpia y un descanso merecido. Como nuevos, salimos a dar un paseo por el pueblo, saludamos a otros peregrinos, intercambiamos anécdotas (“pues mi perro hoy decidió que un charco era un spa…”) y disfrutamos del ambiente.
La cena llega pronto. Damos de comer al perro, buscamos un buen sitio para nosotros y nos dedicamos a reponer fuerzas. Al terminar, un paseíto nocturno para estirar piernas y ayudar a la digestión (la nuestra y la suya).
Preparativos y a dormir: el ciclo vuelve a empezar.
Antes de meternos en la cama, preparamos las mochilas para el día siguiente. Todo listo, todo cerrado, todo organizado… más o menos.
En la mochila pequeña llevamos solo lo esencial para ambos:
• Agua.
• Recipiente portátil.
• Premios.
• Chubasquero si amenaza lluvia.
• Mini toalla.
• Y cualquier objeto que ya forme parte del ritual diario.
Y así, entre bostezos humanos y ronquidos perrunos, termina otro día en el Camino de Santiago perruno. Un día lleno de anécdotas, momentos inesperados, cansancio del bueno y mucha complicidad.
